Este hombre apasionado y profundamente responsable de sus actos es el prototipo del pedagogo enamorado permanente de la virtud, de un entusiasmo contagioso en cada tarea emprendida, que acompañó en su labor con esa integridad que suscitó la admiración de  los que fuimos  sus compañeros de trabajo  o  alumnos. En su conducción pedagógica resultaba habitual el ofrecimiento de oportunidades  y espacios de  realización. Su gran mérito resultó esa capacidad para educar en el ejemplo y creer  siempre en las capacidades infinitas de los discípulos. La escuela sangermanense  lo recuerda y siempre  lo tendrá presente como un maestro de honda  sensibilidad y capacidad para generar  bondad, respeto  y cordura sin faltar a una ética poderosa, que supo vencer en condiciones difíciles.